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	<description>Escritos y pensamientos.</description>
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		<title>Marcial</title>
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		<pubDate>Mon, 10 Oct 2011 11:20:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nemuri Neko</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Han pasado treinta años desde que mataron a Marcial. Treinta años. Casi nada. Media vida. Marcial no los llegó a cumplir. Los treinta, digo. Marcial y yo nos conocimos en la escuela. Quizá nos habíamos visto antes por el pueblo, aunque yo no lo recuerdo. Era un día de octubre. Llovía tanto que por la [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=nemurineko.wordpress.com&amp;blog=8968021&amp;post=159&amp;subd=nemurineko&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Han pasado treinta años desde que mataron a Marcial. Treinta años. Casi nada. Media vida. Marcial no los llegó a cumplir. Los treinta, digo.</p>
<p>Marcial y yo nos conocimos en la escuela. Quizá nos habíamos visto antes por el pueblo, aunque yo no lo recuerdo. Era un día de octubre. Llovía tanto que por la Calle Mayor pasaba un río de agua enfangada. A pesar de eso, mi madre fue implacable:</p>
<p>– Me da igual que esté lloviendo, Adolfo. Hoy vas a la escuela y se acabó.</p>
<p>– Pero madre…</p>
<p>Me calló con un pescozón en la nuca.</p>
<p>– Ni “pero madre”, ni “pero padre”. Vas a aprender a leer. Y a escribir. Y a sumar. Quizá así algún día puedas salir de esta mierda de pueblo. Y arrea, que vamos tarde.</p>
<p>Ni siquiera recuerdo por qué no quería ir a la escuela. Supongo que prefería quedarme en casa, o bajar al río a tirar chinas y a contar cuántas veces botaban en el agua. O quizá quería ayudar a mis hermanos en el campo.</p>
<p>No sé qué tareas épicas inventaba mi mente de ocho años, pero sentía mucha envidia cuando los veía salir con su ropa de trabajo, al clarear el día. Volvían a la noche, cansados, con un olor punzante y dulzón y las uñas negras. Mi madre les servía del puchero. Siempre les guardaba un trozo de carne. A mí no. A mí sólo me tocaba carne los domingos.</p>
<p>Claro, ellos trabajaban y yo iba a la escuela.</p>
<p>Marcial era dos años mayor que yo, pero todos los niños dábamos clase juntos. El profesor, don Rafael, nos dividió en grupos, no por edades, sino por conocimientos. Marcial estaba en mi grupo, porque tampoco sabía leer ni escribir, aunque llevaba un par de meses yendo a la escuela.</p>
<p>Era un muchacho alto, con el pelo negro ondulado y con las manos desproporcionadamente grandes. Resultaban casi ridículas cogiendo el diminuto lapicero. Parecía que sus dedos podían tronchar la madera en cualquier momento. Sin embargo, copiaba con tesón todo lo que el maestro escribía en la pizarra. Inclinaba la cabeza hacia la izquierda y asomaba la punta de la lengua por la comisura de la boca. Apretaba tanto el lápiz que los dedos se le ponían blancos alrededor de las uñas.</p>
<p>En el recreo, se quedaba dentro, copiando frases de los libros o esforzándose por leer. Fruncía el ceño y señalaba cada sílaba con el dedo índice.</p>
<p>No creo que nadie pusiera tanto empeño como Marcial en aprender a leer y a escribir. Era fascinante mirarlo. Era tozudo, constante, pero, a pesar de eso, le costaba. Pasamos juntos de grupo.</p>
<p>Recuerdo el día que don Rafael nos dijo:</p>
<p>– Marcial, Adolfo, veníos aquí, al grupo intermedio. Coged vuestras cosas. Va, va, no os entretengáis. José, Carlos, hacedles sitio e id explicándoles las cuentas que estáis haciendo.</p>
<p>Marcial se levantó, triunfante, y se dirigió al hueco que habían dejado en el centro del aula. José y Carlos eran hermanos y dos malos bichos. Su padre era rico y tenía tierras, y ellos siempre se habían creído mejores que los demás. La familia de Marcial, como la mía, era de jornaleros. Nuestro futuro estaba escrito: trabajaríamos en el campo, quizá en las tierras de Carlos y José, nos casaríamos con alguna moza del pueblo y tendríamos muchos hijos, que trabajarían en el campo, quizá en las tierras de los hijos de Carlos y José, y que se casarían con alguna moza del pueblo.</p>
<p>Yo entonces no lo sabía, pero Marcial quería aprender a leer y a escribir precisamente para cambiar eso. Para que su destino y el de sus hijos no estuviera escrito. Para tener otro futuro.</p>
<p>Pasaron los años. Marcial aprendió a leer y a escribir. Yo también. Trabajábamos juntos en los campos. Cuando parábamos para comer, Marcial nos leía el periódico o partes de libros de política, donde se utilizaban palabras como “justicia social”, “igualdad” o “fraternidad”. Casi nadie sabíamos qué significaban, pero la voz de Marcial al leer era cálida, intensa, llena de emociones. Cuando uno le escuchaba, tenía la sensación de que se podían cambiar las cosas, de que era posible que el mundo fuera distinto.</p>
<p>Marcial se fue destacando en el pueblo. Se creó fama de revolucionario. Revolucionario. Nadie sabía exactamente qué significaba, pero era una de esas palabras que se decía en voz baja, casi entre dientes, con desprecio, miedo y reverencia a partes iguales.</p>
<p>Don Carlos, el padre de nuestros compañeros de escuela, presionó a los demás propietarios de la zona para que no contrataran a Marcial. Decía que malmetía, que revolvía a los jornaleros y que rendíamos menos si él estaba en los campos. Al final, alguien lo terminaba contratando y podía ir trampeando para sobrevivir.</p>
<p>Las elecciones del 31 fueron extrañas. Nadie hacía mucho caso normalmente a las votaciones. Ganara quien ganara, en el pueblo mandaban los de siempre.</p>
<p>Pero en marzo de ese año, vinieron a dar un mitin (sí, sí, un mitin) unos señores del Partido Socialista. Se reunió casi todo el pueblo en la plaza a escucharles. Era un acontecimiento social más que político.</p>
<p>Hablaron de paz. De justicia. De igualdad. De fraternidad. Eran las mismas palabras que usaba Marcial. Nos dijeron que no era justo que unos tuvieran todo y otros apenas pudiéramos sobrevivir. Que la tierra debía ser para quien la trabajaba. Que todos teníamos derecho a comer, a ir a la escuela, a tener nuestro pedacito de tierra para cultivar y alimentar a la familia.</p>
<p>Al principio, la gente estaba inquieta, revuelta. Parecía un día de fiesta. Las mozas se habían puesto los vestidos de los domingos y nosotros nos habíamos bañado al terminar la jornada. Había cuchicheos, risas y algún que otro beso dado a escondidas del cura. Pero, poco a poco, el ambiente fue cambiando. Las mujeres dejaron de atusarse el pelo y de murmurar entre ellas. A más de un hombre se le apagó el cigarro de liar en la mano. Hasta los niños, que se habían estado persiguiendo entre las piernas de los adultos, se sentaron en primera fila y miraron embelesados a los oradores.</p>
<p>Esas palabras tenían sentido para nosotros. No las entendíamos todas, pero tenían un fondo de verdad inevitable que no se le escapaba a nadie.</p>
<p>Marcial estaba en primera fila, retorciendo la gorra entre las manos, con los ojos húmedos y la mandíbula apretada. De cuando en cuando, echaba un vistazo a la plaza y daba un golpe seco con la cabeza, como diciendo “¿Veis? ¿Veis como sí?”.</p>
<p>Salió a hablar incluso una mujer. Habló de igualdad entre hombres y mujeres, de derechos, del voto femenino, de libertad. Adelina, una moza que estaba a mi lado, se secaba los ojos con la punta del mandil.</p>
<p>No sé explicar qué paso ese día. Cuando el mitin terminó, la gente se dispersó, cada uno hacia su casa, en pequeños grupos. Reinaba un silencio espeso y tierno. Teníamos la sensación de haber asistido a algo que nos cambiaría la vida, pero no sabíamos explicarlo. Yo me sentía como en un sueño, como si me hubieran revelado algo que yo ya sabía, pero que nunca había podido expresar con palabras.</p>
<p>Libertad. Justicia. Igualdad.</p>
<p>Eran palabras que encajaban en mi vida, que parecían explicar ese sentimiento extraño que me invadía cuando, tras trabajar toda la semana, el dueño de las tierras me daba la paga. Yo veía la bolsa enorme de la que iba pagándonos a todos. Cuando terminaba, aún quedaban muchas perras en la bolsa. ¿Por qué? Él había estado en su casa o en el casino, tomando chatos de vino con los otros propietarios. Y yo, nosotros, nos habíamos deslomado, arando, plantando, cortando o recogiendo la cosecha.</p>
<p>Miraba mis manos, callosas y agrietadas. La mugre se había metido debajo de las uñas y no había forma de sacarla, ni con agua caliente ni con nada. Tenía veintitrés años y manos de viejo.</p>
<p>Los ricos, los dueños de tierra, tenían las manos blancas, suaves, las uñas limpias y bien cortadas.</p>
<p>El 12 de abril de 1931 era domingo. Al volver del campo, fui a casa. Me lavé las manos y me cepillé las uñas para intentar sacar la suciedad. Acabaron rojas, casi hinchadas, pero casi igual de sucias. Me puse la ropa de misa y cogí la gorra nueva.</p>
<p>Habían instalado las urnas en los soportales del Ayuntamiento. Las papeletas estaban a la vista. En una de ellas se leía “Conjunción Republicano-Socialista”. Ésa fue la que cogí, retorciendo la gorra entre las manos, y entregué al señor alcalde.</p>
<p>– ¿Esto vas a votar, Adolfo?</p>
<p>– Sí, señor alcalde.</p>
<p>– ¿Estás seguro?</p>
<p>– Sí, señor alcalde.</p>
<p>– Mira que esta gente quiere acabar con la iglesia, con el trabajo y con todo.</p>
<p>No le contesté. Con la cabeza gacha, mirándole apenas, mantuve la mano extendida con la papeleta. Suspiró y, tras mirarme fijamente durante unos segundos que se me hicieron eternos, cogió la papeleta y sin mediar palabra la echó en la urna. Solté el aire, que no sabía que había estado aguantando, y sonriente me dirigí hacia el centro de la plaza, donde Marcial y otros mozos discutían acaloradamente.</p>
<p>Dos días más tarde, el martes, al regresar del campo, vimos al cartero correr hacia donde estaba Marcial.</p>
<p>– ¡Que en Madrid hay una revolución!</p>
<p>– ¿Qué dices?</p>
<p>– Que sí, que van a echar al rey. Está todo el mundo en la calle. Han ganao los republicanos y los socialistas y dicen que el rey se tiene que ir.</p>
<p>Fuimos corriendo al casino, que era el único sitio del pueblo con radio. Los señoritos estaban allí, rodeando el aparato, con las copas de vermú en la mano y los cigarrillos ardiendo en las comisuras de los labios. Al vernos, don Carlos se enderezó y nos miró. En sus ojos estaba todo el desprecio, todo el odio y todo el rencor de una clase que se cree superior a otra, mucho más numerosa.</p>
<p>Marcial se quedó plantado, mirándole fijamente, con los brazos en jarras y los ojos ligeramente achinados, como retándole. El alcalde le tocó el brazo a don Carlos, como si quisiera apaciguarle. Éste se giró y nos dio la espalda.</p>
<p>En el pueblo habían ganado los de siempre, pero en las grandes ciudades de España la coalición entre socialistas y republicanos había arrasado. Las elecciones municipales iban a cambiar el destino de todo un país.</p>
<p>La República lo cambió todo. Seguíamos trabajando en el campo, pero se nos trataba de otra forma: con respeto, con reverencia, casi con miedo. Éramos capaces de cambiar las cosas, de luchar por nuestros derechos porque ahora, por fin, teníamos a la ley de nuestra parte. Se subieron los salarios, para que nadie se muriera de hambre aun trabajando.</p>
<p>Se construyó una escuela nueva, con paredes encaladas y un pequeño huerto donde los dos nuevos maestros enseñaban a niños y a niñas las cosas de la naturaleza. Hacían excursiones por el campo, capturando mariposas. Por primera vez, las niñas asistían a la misma escuela que los niños.</p>
<p>Mis hijos me hablaban de lo que aprendían, me enseñaban cosas de sus libros. Por las noches, cuando yo volvía del campo, nos sentábamos a la luz de un candil y hablábamos de lo que les habían enseñado ese día. En la escuela había una pequeña biblioteca y podían traerse libros a casa. Mis dedos sucios y rugosos pasaban con reverencia aquellas páginas llenas de historias, de ciencia y de conocimiento. Más de una vez, se me subían lágrimas a los ojos de la emoción.</p>
<p>En las elecciones de 1936, Marcial se presentó por el Frente Popular y fue concejal de agricultura. Defendió las tierras comunales, expropió alguna tierra a los ricos del pueblo para hacer caminos y luchó por que nos subieran los salarios.</p>
<p>En junio, empezaron a llegar los rumores de que los militares estaban preparando un golpe. Les quitábamos importancia. Después de la espantada de 1932 y de lo de Asturias de 1934, teníamos confianza en que la guardia de asalto y el gobierno serían capaces de controlarlo todo.</p>
<p>Por eso nos pilló de sorpresa el golpe. El 18 de julio de 1936 estábamos trabajando en el campo cuando vimos llegar corriendo al hijo pequeño de Marcial.</p>
<p>– Adolfo, Juan, Antonio, que la guardia civil ha cercao el ayuntamiento y no dejan salir a nadie.</p>
<p>Dejamos caer las herramientas y salimos corriendo hacia el pueblo. Cuando llegamos, no había nada que hacer. Habían detenido al alcalde y a los concejales. En los soportales del ayuntamiento sólo quedaban una pareja de la guardia y Carlos, el hijo de don Carlos.</p>
<p>– Volved ahora mismo al trabajo. Esto se ha acabao.</p>
<p>– ¿Y el alcalde?</p>
<p>– En la cárcel.</p>
<p>– ¿Por qué?</p>
<p>– Porque esto se ha acabao. Todo va a volver a ser como antes.</p>
<p>No sabíamos qué hacer, así que volvimos al trabajo. Caminábamos derrotados, con los hombros encogidos y la cabeza gacha. No sabíamos qué significaba todo aquello, pero la sensación de derrota era insoportable.</p>
<p>Llegué a casa. Los niños no habían tenido escuela y María, mi mujer, me miró con angustia y miedo.</p>
<p>– Están todos en el cuartelillo. A Marcial y a Pedro, el de la Isabel, les han dado una paliza que casi no se les reconoce.</p>
<p>Hablaba bajito, con la voz quebrada y respirando muy fuerte.</p>
<p>– A Ana, la mujer de Marcial, no la han dejado entrar a verlo. Dicen que los van a matar.</p>
<p>No creo que nadie durmiera aquella noche. Hasta los niños notaban que algo no iba bien. Se acostaron con nosotros. Poco antes del alba, se oyeron unos golpes fuertes en mi puerta.</p>
<p>– Guardia civil, abran la puerta.</p>
<p>María me cogió el brazo con fuerza, negando con la cabeza. Me sacudí su mano y me puse los pantalones. En la puerta había dos guardias que no conocía de nada.</p>
<p>– Vístete y ven con nosotros.</p>
<p>Tragué saliva. Volví a la habitación y me puse la camisa.</p>
<p>– No salgáis de aquí, María. Que los niños no lloren. No hagáis ruido. Volveré en cuanto pueda.</p>
<p>Abracé a María. Les di un beso a los niños.</p>
<p>Volví a la puerta, donde me esperaban los guardias.</p>
<p>– Va, arrea.</p>
<p>Me dio un golpe con la culata del fusil en la parte de atrás del muslo. Me hizo perder el paso, pero me recompuse enseguida.</p>
<p>El pueblo tenía un aspecto fantasmagórico. Apenas empezaba a clarear y las calles estaban teñidas de una luz lechosa y extraña, casi neblinosa. Fuimos al cementerio, junto a la tapia.</p>
<p>Alineados contra la pared, Marcial, Pedro, los demás concejales y el alcalde. Todos tenían las caras amoratadas. Pedro sangraba por una ceja y Marcial tenía restos de sangre seca en la boca y en la nariz. Estaban maniatados. Delante de ellos, había un agujero de un metro de profundidad y como de 6 metros de ancho. Vi que a su lado había tiradas unas palas. Obviamente, lo habían cavado ellos.</p>
<p>Los guardias civiles llevaban los fusiles. Junto a ellos, estaban Carlos y José, los hijos de don Carlos. Los guardias formaron delante de los presos. Cargaron los fusiles y, a la orden de Carlos, dispararon. Cayeron todos. Carlos y José les fueron dando el tiro de gracia en la sien.</p>
<p>Se pararon delante de Marcial. Incluso yo, en la distancia, podía ver que aún respiraba. José le miró con desprecio y triunfo en los ojos.</p>
<p>– En cuanto te entierre éste –dijo señalando con el dedo pulgar hacia atrás, donde yo estaba –voy a ir a follarme a tu mujer.</p>
<p>Le apoyó la pistola en la sien y disparó. En ese momento, el sol rompió por la tapia del cementerio, bañándolo todo de una luz naranja.</p>
<p>–         Entiérralos –me dijo José, tirándome una pala a los pies.</p>
<p>Los cogí por los pies, uno a uno, a los ocho. Los coloqué como pude en la zanja que habían tenido que cavar ellos mismos, seguro que ya conscientes de su destino. Pedro. Antonio. Julián. Manolo. Alfonso. Isidro. Aquilino.</p>
<p>Y Marcial.</p>
<p>Empecé a echar paladas de tierra, viendo cómo se les llenaban las bocas entreabiertas y cómo se formaba un barro sanguinolento. Tapé sus caras ensangrentadas, sus ropas remendadas. Tapé sus zapatos viejos. Tapé sus ojos entreabiertos. Tapé sus manos sucias, agrietadas y con las uñas negras. Tapé sus manos con mugre eterna, heredada de años y años de injusticia y de trabajo. Como las mías. Como las que pronto tendrían mis hijos, cuyo futuro sentía que estaba enterrando también.</p>
<p>Tapé sus manos sucias y muertas. Como las mías.</p>
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		<title>La guerra</title>
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		<pubDate>Mon, 29 Aug 2011 18:12:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nemuri Neko</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relato]]></category>
		<category><![CDATA[Guerra Civil]]></category>

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		<description><![CDATA[No recuerdo cuándo me interesé por primera vez por la guerra civil española. Sé que no estudié historia por ello. El interés llegó más tarde, quizá cuando elegí aquella asignatura sobre la guerra civil en mi Erasmus de Pisa. En mi casa, siempre se ha hablado del tema. Siempre. Mi abuelo estuvo en la cárcel [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=nemurineko.wordpress.com&amp;blog=8968021&amp;post=155&amp;subd=nemurineko&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No recuerdo cuándo me interesé por primera vez por la guerra civil española. Sé que no estudié historia por ello. El interés llegó más tarde, quizá cuando elegí aquella asignatura sobre la guerra civil en mi Erasmus de Pisa. En mi casa, siempre se ha hablado del tema. Siempre. Mi abuelo estuvo en la cárcel “por rojo” y luego fue desterrado de Chillón, su pueblo (bueno, del pueblo de su mujer). Así es como mi familia materna acabó en Valencia.</p>
<p>Recuerdo a mi abuela, cuando ya estaba muy enferma de Alzheimer. No recordaba nada. No sabía si había comido o no. Ni si era de día o de noche. Sin embargo, cuando veía que oscurecía, se levantaba, alisaba su vestido de flores con las manos arrugadas, y decía “Bueno, señores, yo me marcho ya para mi casa”. No había forma de convencerla. “No, madre, que vives aquí”. “Pero ¿dónde vas a ir a estas horas?”. “Va, quita, que en tu casa no hay nadie”. Ella insistía “Que me espera mi marido”. No había manera. Bueno, sí había una: “No salgas, que está rondando la guardia civil”. Le cambiaba la cara. Tragaba saliva, miraba nerviosa de un lado a otro y se volvía a sentar.</p>
<p>Al poco rato, retomaba su cantinela. Mi abuela siempre tarareaba: “Un maleta y sin dinero para qué lo quiero yo”, una canción que, por lo visto, se había inventado ella. Y doblaba compulsivamente su pañuelo, alisando con cuidado las dobleces, marcándolas con los dedos ancianos. Contaba sin cesar las monedas que llevaba atadas en una esquina del pañuelo.</p>
<p>Pero no se le olvidaba que no podía salir. Porque el miedo visceral a la guardia civil lo llevaba tan profundo que ni su enfermedad había sido capaz de borrarlo. Bueno, no se le olvidaba hasta la noche siguiente.</p>
<p>Hace un par de semanas, mi tía me contaba que era raro ese miedo en mi abuela porque, que ella sepa, a su casa nunca entraron. Y hablamos de la pistola de mi abuelo. Mi abuelo era comunista. Fue alcalde de su pueblo (bueno, del pueblo de mi abuela) durante unos pocos meses, en un período de transición raro durante la guerra, después de que mataran al alcalde socialista por cuestiones de faldas y antes de que destinaran a mi abuelo a la reforma agraria. Allí estuvo trabajando hasta el final de la guerra, codo a codo con el cura, al que no permitían llevar sotana ni decir misa. Eran de los pocos que sabían leer y escribir.</p>
<p>Y mi abuelo tenía pistola. Como todos. Que yo sepa, nunca la usó. Ni siquiera cuando cogieron a las monjas del convento y las bajaron a Agudo, donde estaba el frente, para que pasaran al bando franquista y no hubiera riesgo de que sufrieran ningún daño. Pero cuando detuvieron a mi abuelo, mi abuela escondió la pistola detrás de la piedra que había al fondo de la chimenea. Tiempo después, cuando ya se sintió segura, la llevó al río y la lanzó al agua.</p>
<p>Mi abuelo tuvo suerte. Suerte de que le metieran en la cárcel. Al poco de acabar la guerra, un grupo de falangistas fue a la cárcel de Almadén (el pueblo de al lado) con una lista de presos de Chillón. “Los destacados”, les llamaban. En esa lista iba mi abuelo. No sé sabe bien por qué, el alcaide de esa prisión, que estaba bajo control militar, les dijo que no, que de allí no salía nadie sin una orden. Y así se salvó mi abuelo.</p>
<p>Y así murieron “los nueve”. Los sacaron de sus casas, los llevaron a la finca de “El Contadero” y allí los mataron a tiros. Los dejaron sin enterrar, para que se los comieran los animales. Un pastor que había por allí oyó los disparos, pero el miedo le impidió decirlo hasta varios días más tarde. Cuando llegaron, poco pudieron hacer, salvo echar tierra sobre los restos. Ahora hay allí un monolito. &#8220;El pueblo de Chillón en recuerdo a los compañeros que murieron en defensa de la libertad el 3 de junio de 1939&#8243;. Y los nombres de los nueve. Alfonso Capilla era cuñado de mi abuelo. Resulta que era también tío-abuelo de mi amiga Ana. El más joven, Bernardino, no había cumplido los 18 años.</p>
<p>Sobre la guerra civil española hay muchos tópicos: fue una guerra fratricida, las dos partes hicieron barbaridades, la lucha de las dos Españas… Uno de mis tópicos favoritos es cómo se llama a los bandos “bando rojo” y “bando nacional”. En realidad, hubo dos bandos: el republicano (o leal) y el franquista. Hace años, en un curso de la UIMP sobre <em>Memoria, represión y exilio</em>, al terminar, vi a mi madre discutiendo acalorada con el decano de mi facultad. Al acercarme oí que le decía: “Nacionales, nacionales… ¡Será franquistas! Porque nacional soy yo también. Si no, ¿de dónde soy yo? ¿De Marte?”.  Pues eso.</p>
<p>Hay tantos tópicos que un lego en la materia puede pensar que hay división de opiniones entre los historiadores. Pero no es así. Para los profesionales de la historia, hace muchos años que las cosas están claras.</p>
<p>Los dos bandos no fueron iguales. Ni parecidos. En el bando republicano, hubo descontrolados, personas que asesinaron a sangre fría y con crueldad a adversarios políticos e incluso personales. Este tipo de acciones fue, como norma general, duramente perseguido por las autoridades, que intentaron, en lo posible, evitar el derramamiento innecesario de sangre.</p>
<p>Las declaraciones públicas de destacados republicanos como <a title="Manuel<br />
Azaña&#8221; href=&#8221;http://es.wikipedia.org/wiki/Manuel_Aza%C3%B1a&#8221;>Manuel Azaña</a>, quien en un discurso pedía &#8220;paz, piedad y perdón&#8221; o <a title="Indalecio Prieto" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Indalecio_Prieto">Indalecio Prieto</a> que apelaba: &#8220;No imitéis esa conducta, os lo ruego, os lo suplico. Ante la crueldad ajena, la piedad vuestra; ante los excesos del enemigo, vuestra benevolencia generosa&#8221;, contrastaron con el silencio entre las autoridades del bando sublevado.</p>
<p>No digo que el bando leal lo hiciera siempre bien, porque no fue así, pero los historiadores de prestigio tienen claro que hubo un esfuerzo honesto por parte del gobierno republicano de controlar estas actividades ilegales.</p>
<p>¿Y el otro lado? La actitud del bando franquista puede resumirse en dos intervenciones de dos de sus líderes. Por un lado, tenemos la entrevista que Jay Allen, periodista del News Chronicle inglés, le hizo a Franco el 29 de julio de 1936,  una vez se supo que el golpe militar había fracasado.</p>
<p><em>No habrá compromiso ni tregua, seguiré preparando mi avance hacia Madrid. Avanzaré —gritó—, tomaré la capital. Salvaré España del marxismo, cueste lo que cueste. (…) </em></p>
<p><em>Pregunta: ¿Eso significa que tendrá que matar a la mitad de España? </em></p>
<p><em>El general Franco sacudió la cabeza con sonrisa escéptica, pero dijo: &#8220;Repito, cueste lo que cueste”. </em></p>
<p>Por otro lado, está la famosa “Instrucción reservada nº 1”, firmada por el general Emilio Mola el 29 de mayo de 1936, en plena fase de preparación del golpe de Estado:</p>
<p><em>Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo, que es fuerte y bien organizado. Desde luego, serán encarcelados todos los directivos de los partidos políticos, sociedades o sindicatos no afectos al movimiento, aplicándoles castigos ejemplares a dichos individuos para estrangular los movimientos de rebeldía o huelgas.</em></p>
<p>Ahora bien, lo grave vino luego, al acabar la guerra: la persecución, detención, tortura, humillación, las muertes en prisión por las condiciones ya no insalubres, sino inhumanas, y ejecución a la que se vieron sometidos muchos de los que habían defendido el gobierno legalmente constituido. Bueno, o ni eso. Muchas veces no hacía falta haber hecho nada: bastaba con tener un enemigo, alguien que testificara en contra de uno, que fuera a la guardia civil, o al alcalde, o al cura.</p>
<p>Stanley Payne, que es un historiador que es conocido como “de derechas” (de hecho, prologó uno de los primeros libros de Pío Moa, cabecilla del mal llamado “revisionismo histórico”), dice “La terminación de la Guerra Civil no puso fin a la represión, sino que facilitó una más eficaz sistematización de ella”. Una estimación muy conservadora calcula que fueron ejecutadas unas 50.000 personas en los años de la posguerra y eso sin contar a los muertos de hambre o de enfermedades en las abarrotadas cárceles franquistas. Y eso con el país ya en paz.</p>
<p>Han pasado setenta y dos años desde que acabó la guerra. Y casi treinta y seis de la muerte de Franco. Es hora de que este país se tome en serio su memoria histórica. No se trata de venganza. Se trata de justicia. Por mi abuelo, por los nueve, por Alfonso, por Bernardino. Por mi abuela. Por mujeres como mi madre, que sufrieron la represión a manos de maestras retorcidas y crueles, y que tuvo que venirse, con dieciséis años, a Valencia a cuidar a su padre, que no podía volver a su pueblo. Porque nos merecemos un país serio que sepa enfrentarse a sus fantasmas y a su pasado.</p>
<p>Mi padre y Anastasia, la madre de mi amiga Ana, me han criticado de mi relato “El Beso” que no cuento lo peor, que me quedo corta. Faltan las violaciones, las humillaciones (más aún). Falta decir que, después de darles el purgante, las paseaban desnudas por el pueblo, para que se hicieran sus necesidades encima, a la vista de todos. Anastasia, muy seria, me ha pedido que escriba otro relato. “Uno de verdad”, me dijo, llevándose el puño cerrado a las tripas. Lo haré, lo prometo.</p>
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		<title>Anna</title>
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		<pubDate>Tue, 09 Aug 2011 18:55:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nemuri Neko</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Miércoles, 4 de septiembre 20:40 John acaba de irse. Anoche ocurrió de nuevo. Salió con los de la oficina y regresó a casa borracho. Como el lunes se enfadó porque me fui a dormir antes de que él llegara, le esperé en el sofá, con la tele encendida, pero sin volumen. No le oí abrir [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=nemurineko.wordpress.com&amp;blog=8968021&amp;post=150&amp;subd=nemurineko&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p align="right">Miércoles, 4 de septiembre</p>
<p>20:40</p>
<p>John acaba de irse. Anoche ocurrió de nuevo. Salió con los de la oficina y regresó a casa borracho. Como el lunes se enfadó porque me fui a dormir antes de que él llegara, le esperé en el sofá, con la tele encendida, pero sin volumen. No le oí abrir la puerta. Me despertó su aliento a alcohol. Tuve miedo de abrir los ojos. Me tocó con el dedo en la mejilla, que aún tenía la marca del bofetón del domingo. No quise hacerlo, pero me asusté y creo que di un respingo. Suficiente.</p>
<p>Esta vez ha sido poca cosa. Sólo un par de bofetones y un tirón de pelo. Al menos, no ha habido patadas.</p>
<p>Tengo que quedarme despierta. Esta vez no puedo dormirme. Despierta, pero sin volumen en la tele. John siempre se queja si la tele está encendida, porque dice que molesta a los vecinos.</p>
<p>22.30</p>
<p>Aún no ha vuelto, pero creo que no tardará. He visto una serie, con el volumen tan bajito que he tenido que sentarme a un metro de la tele para poder enterarme de algo. Me está entrando sueño. Por eso he vuelto a escribir.</p>
<p>23.47</p>
<p>Mierda, me he quedado dormida. Menos mal que me ha despertado una ambulancia que ha pasado por la calle. Es raro que no haya vuelto. Sé que no debería estar escribiendo. Si me pilla, me matará. Voy a hacer la lista de la compra a ver si así me mantengo despierta.</p>
<p align="right">Jueves, 5 de septiembre</p>
<p>8.55</p>
<p>John acaba de irse al trabajo. Anoche fue todo bien. Estuvo cariñoso. Estaba borracho, pero fue dulce. Me curó la herida que me hizo en el labio el domingo. El alcohol picaba mucho, pero conseguí no poner caras raras y fue todo bien. Luego, me dio un beso en la frente y me dijo que me quería. Yo sonreí y le dije que yo a él también. Me abrazó. Aguanté un poco la respiración porque aún me duelen las costillas, pero no se dio cuenta. Voy a recoger la cocina y me iré a comprar.</p>
<p>Hoy quiere invitar a Laura y Paul a cenar y voy a hacer asado. A John le encanta mi asado. Espero que Paul no me mire con esos ojos de deseo, como la otra vez. John se enfada mucho si me miran otros hombres. Y Paul me mira mucho. Laura es muy guapa y John dice que ojalá me pareciera más a ella, pero Paul siempre me mira como si me desnudara. La última vez, se ve que le miré demasiado.</p>
<p>11.15</p>
<p>Acabo de regresar. Comprando en el supermercado, me he dado cuenta de que llevo dos semanas de retraso en el período. No recuerdo la última vez que John me penetró. La vagina, quiero decir. Cuando está borracho y enfadado, siempre prefiere hacerlo por detrás. Dice que así no tiene que verme la cara de imbécil que tengo. Me hace daño y suelo sangrar mucho. Intento que sea poco, porque el día que manché la alfombra se puso furioso. No sé qué hacer. No creo que esté embarazada.</p>
<p>El doctor Philips me dijo que seguramente no podría tener hijos. Recuerdo que, de pequeña, siempre soñé con tener muchos. Niños y niñas. Rubios como papá.</p>
<p>Pero ahora me da miedo. No sé qué hacer.</p>
<p>12.30</p>
<p>John acaba de llamarme. No viene a comer. Parece que uno de los jefes le ha invitado y no puede decir que no. He decidido bajar a la farmacia, a comprar un test de embarazo.</p>
<p>13.15</p>
<p>Acabo de volver. Debería hacerme el test. Tengo la caja delante. He leído las instrucciones. Parece facilísimo. Si tuviera amigas, llamaría a una para que me hiciera compañía. A veces, sólo a veces, me gustaría tener una. Otras veces, casi siempre, no. Las amigas hacen preguntas. Se extrañan si tienes moretones o si te sobresaltas al oír ruidos. Las amigas vienen a verte a casa. Y tienes que presentarles a tu marido. Es mejor para mí que no haya nadie cerca. Y seguramente para ellas.</p>
<p>13.35</p>
<p>Me he hecho el ánimo y me lo he hecho. Aparecen dos rayitas. Según las instrucciones, eso significa que estoy embarazada. No puedo creérmelo.</p>
<p>14.10</p>
<p>He bajado a por otro test y lo he repetido. Siguen apareciendo dos rayitas. Mierda.</p>
<p align="right">Viernes, 6 de septiembre</p>
<p>8.55</p>
<p>John ya se ha marchado. Anoche fue bien. El asado estuvo a su gusto. Aún recuerdo aquella vez que había poca salsa. Delante de los invitados, no dijo nada, pero luego…</p>
<p>Pasó una cosa muy extraña. Estaba en la cocina, recogiendo los platos, cuando entró Paul. Me acarició el moretón de la mejilla con un dedo y me deslizó una tarjeta en el bolsillo del delantal.</p>
<p>– Llámame. Puedo ayudarte, Anna – me susurró.</p>
<p>Paul es abogado. Asesora a la empresa de John. Tengo la tarjeta frente a mí, en la mesa de la cocina. No sé qué hacer.</p>
<p>Tengo miedo por mi bebé. ¡Mi bebé! Resulta increíble. Mi bebé.</p>
<p>Mi bebé.</p>
<p>Mi bebé, mi bebé, mi bebé.</p>
<p>Estoy contenta. Asustada y contenta.</p>
<p>Tengo miedo de que John me haga daño y mate mi bebé. O de que me obligue a abortar. O de que le pegue al nacer. O luego cuando sea mayor. Ojalá sea un niño. Un niño será fuerte y me podrá defender. Nos defendería a ambos.</p>
<p>9.30</p>
<p>Me he desnudado delante del espejo. Aún no se nota nada, pero yo me siento distinta. Pensar que hay algo vivo, algo bueno, en esta casa.</p>
<p>Tengo miedo por mi bebé. Mi bebé. ¡Qué bien suena!</p>
<p>Mi bebé.</p>
<p>11.45</p>
<p>He llamado a Paul al despacho. Casi no le he contado nada, pero me ha dicho que viene para acá. Tengo miedo. Si John llega antes que él y se da cuenta de algo, me matará. Paul me ha dicho que prepare las maletas. Se ve que me va a sacar de aquí.</p>
<p>Tengo miedo.</p>
<p align="right">Lunes, 9 de septiembre</p>
<p>9.30</p>
<p>Estoy a salvo. Creo que es la primera vez que estoy a salvo en toda mi vida. Paul vino y nos marchamos. Me ha escondido en un piso con otras mujeres como yo. Nos llaman “mujeres maltratadas”. Yo no sabía que yo era una mujer maltratada. No sabía que lo que me pasaba tuviera nombre. Me han dicho que ya no tengo que tener miedo.</p>
<p>El viernes, cuando vino Paul, nos marchamos enseguida. Dejó una nota para John.</p>
<p>– Es para que no sea abandono del hogar –me dijo.</p>
<p>Fuimos a la policía. Fueron muy amables. Me preguntaron si tenía informes médicos. Les dije que no, salvo el de aquella vez que me partió dos costillas. Lo pidieron al hospital. También hablaron con el doctor Philips.</p>
<p>Paul me dijo que quiere ser mi abogado. Volvió a acariciarme el moretón. También me abrazó. Sin hacer fuerza. No me hizo daño en las costillas. Y me dio un beso en la frente.</p>
<p>– Meteremos en la cárcel a ese cabrón – me dijo.</p>
<p>A mí eso me da igual. Sólo quiero que no le haga daño a mi bebé.</p>
<p>Me han dicho que el juicio será duro. Que tendré que contar todo lo que me ha hecho. ¿Todo? Todo es mucho. Le pregunté a Paul si lo de las patadas también. Me dijo que sí. Y lo de las violaciones también. Me ha explicado que si te penetran y tú no quieres, eso está mal. A mí me dolía y no creía que estuviera bien, pero no sabía que por eso te podían meter en la cárcel.</p>
<p>Así que tendré que hablar de todo: los insultos, las patadas, los puñetazos, los bofetones, las violaciones. Y del miedo. El miedo siempre ha sido lo peor. Miedo a enfadarle. Miedo a que no estuviera todo perfecto. El miedo a todo.</p>
<p>22.15</p>
<p>Estoy contenta. Me han dicho que seré la cocinera del piso. Por lo visto, soy la que mejor cocina. Ayer hice chuletas y se chuparon los dedos. Dicen que lo hago muy bien. No sabía que eso fuera importante.</p>
<p>Susan, otra de las mujeres que vive aquí, me ayuda en la cocina. Lleva seis meses. Su marido le pegó tan fuerte que ha perdido un ojo. Pero dice que ya no tiene miedo. Su marido está en la cárcel y nunca nunca nunca jamás podrá acercarse a ella.</p>
<p>Estoy muy cansada. Por suerte, ahora, si quiero, puedo meterme en la cama y dormir. A nadie le parece mal. Y tengo tele en mi cuarto. Puedo ver una serie y enterarme, porque a nadie le extraña que uno quiera oír la tele.</p>
<p>Nadie me pegará por ello. Estoy a salvo. Mi bebé y yo estamos a salvo.</p>
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	</item>
		<item>
		<title>Raquel</title>
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		<pubDate>Tue, 09 Aug 2011 18:53:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nemuri Neko</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relato]]></category>

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		<description><![CDATA[– Que no me fío, Ana, que no. – Déjate de chorradas, Raquel. Joder, que es tu marido. Raquel retuerce con el dedo un mechón de su pelo largo, castaño claro con perfectas mechas de peluquería. Ana está ligeramente inclinada hacia delante, casi apoyada en la mesa. Tiene la mano depositada en la mesa, con [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=nemurineko.wordpress.com&amp;blog=8968021&amp;post=148&amp;subd=nemurineko&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>– Que no me fío, Ana, que no.</p>
<p>– Déjate de chorradas, Raquel. Joder, que es tu marido.</p>
<p>Raquel retuerce con el dedo un mechón de su pelo largo, castaño claro con perfectas mechas de peluquería. Ana está ligeramente inclinada hacia delante, casi apoyada en la mesa. Tiene la mano depositada en la mesa, con la palma hacia arriba, como si le estuviera ofreciendo algo a Raquel.</p>
<p>Es un día de calor, así que la terraza está a rebosar de gente. Raquel se quita las gafas de sol de marca y las deposita frente a ella. Tiene los ojos rojos.</p>
<p>– Es que no lo entiendes.</p>
<p>– A ver, ¿qué es lo que no entiendo?</p>
<p>Ana se apoya en el respaldo de su silla y cruza los brazos, haciendo repiquetear los muchos collares que lleva colgados al cuello. Mira fijamente a Raquel, que se muerde nerviosa el labio inferior.</p>
<p>– Que no creo que me engañe, joder, que no es eso.</p>
<p>– Vale, y entonces ¿qué es?</p>
<p>– No lo sé. Ése es el problema. Que le pasa algo y no sé qué es.</p>
<p>Ana se frota el puente de la nariz con los dedos pulgar e índice. Se aparta un mechón de pelo enganchándolo detrás de la oreja y haciendo oscilar sus enormes pendientes plateados. Suspira y apoya la mano en el antebrazo de Raquel, que se sobresalta y se aparta. Raquel se abraza a sí misma y se mece suavemente, casi en trance.</p>
<p>– A ver, cálmate y cuéntame qué pasa. Poco a poco y con detalle, va.</p>
<p>Raquel da un sorbo a la tónica que tiene frente a ella. Traga saliva y empieza.</p>
<p>– Llega tarde por las noches. Habla por teléfono con la puerta cerrada. Ya no deja nunca el móvil despistado en el comedor, sino que lo lleva siempre encima, como si tuviera miedo de que yo se lo mirara. Me rehúye. Se queda viendo la tele hasta tarde, como si esperara a que yo estuviera dormida antes de venir a la habitación. Casi no le hace caso a los niños. Antes, les reñía. Demasiado, para mi gusto. Pero ahora, ni caso. El otro día Guille tiró dos veces el vaso de agua mientras cenábamos y no le dijo ni mú.</p>
<p>Ana escucha a Raquel con la mirada fija en su cara, los ojos levemente entornados. Está agarrada al vaso de cerveza, sin darse cuenta de que el agua que se ha condensado le está mojando la mano. Da un trago y se muerde la uña del dedo pulgar. Se seca la palma en su falda larga de muchos colores.</p>
<p>– Pero, cariño, eso no significa nada. Estará agobiado por el trabajo –Raquel niega con la cabeza–. O tendrá algún problema familiar –Raquel sigue negando–. O estará preocupado por algo.</p>
<p>– Ya, vale, pero ¿por qué está preocupado? ¿Qué es tan importante para que no les haga ni caso a sus hijos? Y si es importante, ¿por qué no habla conmigo? Llevamos diez años casados. ¡Diez años!</p>
<p>– Vale, vale, calma. ¿Y dices que no crees que tenga un lío?</p>
<p>– Que no. Que Juan no es de ésos –repone Raquel, alzando un tanto la barbilla.</p>
<p>– No seas pánfila, Raquel, por favor. “De ésos”. Mira que eres pava. A ver, ¿quiénes son “ésos”? ¿Te crees que los hombres infieles llevan una marca? ¿Un sello? ¿O un código de barras? Va, por favor.</p>
<p>Raquel aprieta las mandíbulas y mira fijamente a Ana.</p>
<p>– Ana, que no. Que he mirado su móvil. Y sólo tiene llamadas de su ex mujer.</p>
<p>Ana cierra los ojos y niega levemente con la cabeza, mientras echa el aire por la nariz.</p>
<p>– No sería el primero que…</p>
<p>– Que no. Que te digo que no. Es algo raro. Algo que no sé… Mira, el otro día le llegó un aviso de un certificado. Le dije de ir a recogerlo a correos, como siempre. Ya sabes que paso por la puerta de camino al trabajo y no me cuesta nada. Pues no hubo forma. No quiso ni oír hablar del tema.</p>
<p>– ¿Y lo recogió?</p>
<p>– Pues claro.</p>
<p>– ¿Y no pudiste ver de quién era?</p>
<p>– Álvarez y Asociados.</p>
<p>– ¿Álvarez y Asociados?</p>
<p>– Sí.</p>
<p>– Eso es un bufet de Barcelona.</p>
<p>– ¿Y tú cómo lo sabes?</p>
<p>Ana suspira y traga saliva.</p>
<p>– Raquel, cariño, porque soy abogada.</p>
<p>Raquel baja la cabeza y sus mejillas se tienen de un leve rubor rojizo.</p>
<p>– Perdona, Ana, perdona. Es que… Es que me estoy volviendo loca. Estoy medio desquiciada con esta historia. Ya no sé ni qué hacer. Lo he intentado todo: preguntarle, gritarle, dejarle en paz, ignorarle… Y nada, es que no sirve de nada.</p>
<p>Ana aprieta las mandíbulas y con gesto resuelto echa mano a su enorme bolso de hilos de mil colores y saca un móvil.</p>
<p>– A ver si cambias ya de móvil. ¿Cuántos años hace que lo tienes?</p>
<p>– Ni idea, muchos. A mí, mientras funcione… –Ana pulsa varias teclas y se pone el teléfono en la oreja–. Ahora verás.</p>
<p>– ¿A quién llamas?</p>
<p>– Shh, calla. Buenas tardes, ¿me pone con Joaquín Álvarez, por favor? Soy Ana de la Vega. Gracias.</p>
<p>– ¿Pero estás loca?</p>
<p>– Calla. Joaquín es compañero del máster. Le conozco desde hace mil años.</p>
<p>– ¿Ese no es con el que…?</p>
<p>Ana se sonroja levemente. Asiente, con un golpe seco y se lleva el dedo a los labios.</p>
<p>– Joaquín, ¿qué tal? ¿Cómo va todo? –ríe a carcajadas–. Pues así estamos todos. Si tienes trabajo malo. Si no tienes, peor.</p>
<p>Con la mano derecha, con la que no sujeta el teléfono le hace a Raquel el gesto de hablar, mientras entorna los ojos y mueve la cabeza.</p>
<p>– Sí, desde luego –vuelve a reír–. Oye, una cosita. Mira, me gustaría que me miraras si llevas algo de Juan Núñez Márquez. No, tonto, no es nada mío. Y ya sé que es confidencial. A ver, te cuento. Es el marido de mi mejor amiga. Sí. Sí. Aja. Entiendo. – Ana va intercalando comentarios en el discurso del abogado. Se detiene bruscamente y mira a Raquel con incredulidad. – ¿No jodas?</p>
<p>Raquel la mira sobresaltada y empieza a morderse los padrastros de sus dedos con perfecta manicura francesa. Ana le hace un gesto con la mano, como indicándole que calma, que pare.</p>
<p>– Vale, ya veo. ¿Y el tema cómo está? Ya. Claro. Vale. Oye, pues gracias. No, no te preocupes. Que de aquí no sale. No, no. Que no seas pesado. Ya lo sé. Muchas gracias, Joaquín, te debo una. Sí, claro, cuando vaya a Barcelona te invito a cenar –vuelve a reír–. Sí, hombre, y tú eliges el sitio. ¡Hay que ver cómo sois los pijos! Va, un beso. Y gracias de nuevo.</p>
<p>Deja el móvil encima de la mesa. Mira a Raquel, que tiene lágrimas en los ojos y sigue mordiéndose los padrastros. Se ha hecho sangre en el pulgar de la mano izquierda.</p>
<p>– A ver. Te cuento. Hace cosa de dos meses, la ex mujer de Juan se puso en contacto con este despacho de abogados para comunicarles que quería que se le realizara una prueba de paternidad a su exmarido.</p>
<p>– ¿Una prueba de paternidad?</p>
<p>– Sí, parece ser que tiene un hijo de diez años.</p>
<p>– Pero… pero…</p>
<p>– Mira, no me ha dicho mucho más. La cuestión es que la prueba ha confirmado que el chaval es hijo de Juan.</p>
<p>– ¿Diez años? ¡Pero si se divorciaron hace doce!</p>
<p>– Ya lo sé, Raquel, pero la cuestión es que tienen un hijo en común.</p>
<p>– ¿Y por qué Juan no me ha dicho nada?</p>
<p>– No habrá sabido cómo. O le dará apuro. O vergüenza. Yo qué sé. A saber.</p>
<p>Raquel, que hasta ese momento estaba encogida, con los hombros hacia delante y el cuerpo vencido, se incorpora. Se pone las gafas de sol, se atusa el pelo, se repasa el pintalabios y se levanta.</p>
<p>– ¿Puedes pagar tú?</p>
<p>– Sí, claro, yo me encargo.</p>
<p>– Te llamo, ¿vale?</p>
<p>– Sí, llámame. ¿Estás bien?</p>
<p>– Sí, supongo que sí. No entiendo a qué tanto rollo, por qué no me lo ha dicho y santas pascuas. Así que voy a hablar con él y a aclarar este tema de una vez.</p>
<p>Se dan un beso en la mejilla y Ana se recuesta sobre el respaldo de la silla. Apura la cerveza que queda en el vaso y mira cómo Raquel se aleja, caminando con elegancia natural sobre unos tacones de ocho centímetros. Sonríe levemente. Confía en Raquel. Sabe que saldrá de ésta, como siempre. Es una superviviente.</p>
<p>Cierra los ojos al sol del mediodía, sintiendo la tibieza de los rayos en su piel.</p>
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	</item>
		<item>
		<title>El asesino del corazón</title>
		<link>http://nemurineko.wordpress.com/2011/07/29/el-asesino-del-corazon/</link>
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		<pubDate>Fri, 29 Jul 2011 18:57:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nemuri Neko</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Otro crimen del “Asesino del corazón” La nueva víctima, José María Martínez-Bordiu (“Pocholo”), ha aparecido muerto en su casa de Ibiza esta mañana. José María Martínez-Bordiu y Bassó, más conocido como “Pocholo”, ha sido encontrado estrangulado con la correa de su mochila en su casa de la urbanización de Las Salinas de la isla de [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=nemurineko.wordpress.com&amp;blog=8968021&amp;post=145&amp;subd=nemurineko&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Otro crimen del “Asesino del corazón”</p>
<p>La nueva víctima, José María Martínez-Bordiu (“Pocholo”), ha aparecido muerto en su casa de Ibiza esta mañana.</p>
<p>José María Martínez-Bordiu y Bassó, más conocido como “Pocholo”, ha sido encontrado estrangulado con la correa de su mochila en su casa de la urbanización de Las Salinas de la isla de Ibiza. Según fuentes policiales a las que ha tenido acceso este periódico, el cadáver del famoso disc-jockey y conocido colaborador en diversos <em>reality shows</em> ha sido hallado por la mujer de la limpieza esta mañana en su mansión junto a la piscina.</p>
<p>Con ésta, son ya cinco las víctimas que se ha cobrado el criminal bautizado por la prensa como “el asesino del corazón”. El pasado mes de marzo, se encontró el cadáver de Belén Esteban Menéndez, colaboradora en diversos programas del corazón, a la que habían golpeado hasta la muerte con un pesado marco metálico con la foto de su hija. “La puerta no había sido forzada y no hay huellas que no se correspondan a la familia más cercana de la víctima”, declaró el comisario Antonio Jiménez, encargado del caso.  En aquel momento, se barajaron diversos móviles del asesinato, todos relacionados con la turbulenta vida y la notoriedad pública de la conocida presentadora.</p>
<p>Sin embargo, la aparición en abril del cadáver de la actriz y bailarina Yola Berrocal abrió una nueva línea de investigación. Según afirmó en rueda de prensa el Director de la Brigada de Homicidios, “Aparentemente, ambos crímenes no guardan relación. Sin embargo, el hecho de que ambas sean personajes conocidos de la prensa del corazón nos obliga a valorar todas las opciones”. En este caso, el asesino inyectó silicona directamente en el cerebro de la víctima, tras sedarla con unos somníferos.</p>
<p>La hipótesis de la existencia de un asesino en serie cobró fuerza con el descubrimiento de los cadáveres de Tamara Seisdedos, en mayo y de Ana Obregón, hace apenas dos semanas. La nueva víctima, José María Martínez-Bordiu, no hace más que reforzar esta teoría.</p>
<p>Según las informaciones de que disponemos al escribir esta crónica, la policía no dispone de datos adicionales. Aún no se ha podido determinar si se trata de un asesino o de varios.</p>
<p>Todos los crímenes siguen pautas parecidas: las víctimas son atacadas por las noches, normalmente en sus casas. La excepción fue Ana Obregón, que apareció muerta estrangulada con su biquini, en unas rocas de las playas de Estepona, durante un descanso de la sesión de su tradicional posado veraniego. En todos los casos, la causa de la muerte tiene relación con la vida pública de la víctima.</p>
<p>Los psiquiatras de la policía buscan perfiles de personas con antecedentes penales por acoso o molestias a famosos, dado que todo indica que es su condición de personajes mediáticos la que señala a las futuras víctimas.</p>
<p>La policía recomienda a todas aquellas personas que se han destacado en la prensa del corazón que extremen las precauciones. Según ha sabido este periódico, varias personas han contratado servicios privados de seguridad para protegerse ante posible ataques.</p>
<p>El llamado “asesino del corazón” tiene su propio club de fans y página de Facebook, en las que se solicita que se acabe con los programas de prensa rosa y cotilleos. En la red social Twitter, tras conocerse la noticia del asesinato de Pocholo, el <em>trending topic</em> ha sido #<em>queelasesinomatearociito</em>.</p>
<p>El portavoz de Rocío Carrasco, en rueda de prensa, ha declarado “Queremos mostrar nuestro más absoluto rechazo a estas manifestaciones. Mi cliente se encuentra muy afectada por la muerte de personas de su entorno y considera totalmente inadecuada la actitud de determinadas personas”. A la salida de la rueda de prensa, ha comentado “Estamos muy preocupados y hemos reforzado la seguridad de Rocío. No pensamos que el tema sea para tomárselo a risa”. Rocío Carrasco está estudiando la posibilidad de emprender acciones legales por lo que considera amenazas a su persona.</p>
<p>En relación con José María Martínez-Bordiu, se estima que mañana, tras haber realizado la autopsia, la policía entregará el cuerpo a la familia. El cadáver será trasladado a la península para su posterior entierro en el panteón familiar del cementerio de La Almudena.</p>
<p><em>Nota de Nemuri: Este texto se corresponde a un ejercicio. Había que escribir una crónica periodística sobre un asesinato. </em></p>
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			<media:title type="html">Nemuri Neko</media:title>
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	</item>
		<item>
		<title>El beso</title>
		<link>http://nemurineko.wordpress.com/2011/07/27/el-beso/</link>
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		<pubDate>Wed, 27 Jul 2011 11:10:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nemuri Neko</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relato]]></category>

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		<description><![CDATA[– Anoche el Antonio me dio un beso. María levantó la cabeza, dejó durante un instante de frotar las sábanas blancas contra la piedra y boquiabierta, contestó: – ¿Estás loca? ¿Y si te vio alguien? ¿Y si le van con el cuento al cura? ¿O a tu madre? – ¡Calla! No hables tan alto. ¿No [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=nemurineko.wordpress.com&amp;blog=8968021&amp;post=143&amp;subd=nemurineko&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>– Anoche el Antonio me dio un beso.</p>
<p>María levantó la cabeza, dejó durante un instante de frotar las sábanas blancas contra la piedra y boquiabierta, contestó:</p>
<p>– ¿Estás loca? ¿Y si te vio alguien? ¿Y si le van con el cuento al cura? ¿O a tu madre?</p>
<p>– ¡Calla! No hables tan alto. ¿No ves que está aquí la Asunción, la del cura?</p>
<p>– Ay, perdona, Laura, es que no me lo puedo ni creer –cuchicheó María al oído de su prima.</p>
<p>Laura, con un leve rubor en las mejillas y la mirada orgullosa, siguió lavando las ropas en el río, que hoy pasaba con el agua clara y abundante, tras las lluvias de ayer. Yo estaba sentado en una roca detrás de ellas, pero como sólo tenía nueve años, nadie me hacía ni caso.</p>
<p>Al río sólo bajaban las mujeres y las niñas, pero mi madre, que no había vuelto a ser la misma desde que se llevaron a mi padre, me hacía ir a mí también. Al principio, me revolví y le dije que quería irme con los demás muchachos a cazar pajaritos y a corretear por el campo, pero su mirada triste y la mano que depositó, pesada y fría, en mi hombro, fueron suficientes. Mi madre tenía miedo. Miedo de que volviera la guardia civil y se llevara a Marcial, mi hermano mayor. O de que se la llevaran a ella y dejarme solo.</p>
<p>Así que me bajaba con ella al río. Me entretenía tirando chinas al agua. Contaba las veces que conseguía hacerlas botar. Un día llegué a cinco, pero no había vuelto a repetirse. La clave era elegir piedras romas, redondas, sin aristas. Había que tirarlas planas contra el agua, casi rasas. Y el río tenía que bajar calmo o no había forma. Así que hoy no valía la pena ni intentarlo.</p>
<p>Por eso estaba sentado detrás de Laura y de María, porque eran de las más jóvenes y solían contarse sus cosas. Entre las mujeres mayores, casi todas vestida de negro desde la guerra, reinaba un silencio espeso y pegajoso.</p>
<p>– Bueno, cuéntame. ¿Cómo fue?</p>
<p>Laura dejó un momento de frotar, levantó la vista y sonrío. Cuando lo hacía, achinaba un poco los ojos y le salían hoyuelos. Mi hermano decía que Laura era la más guapa de todo el pueblo. Yo de eso no entendía. Pero algunos días de calor, se quitaba la sobresaya y por el escote de la camisa blanca se le veía el principio de los pechos. Al frotar, vibraban y se movían, haciendo que me doliera el estómago y que notara un ardor en mis partes. Un día le pregunté a Marcial que qué significaba eso, pero sólo soltó una carcajada, me revolvió el pelo y me dijo:</p>
<p>– Ya lo entenderás, enano.</p>
<p>– Marcial, hijo, ¿quieres no hacer ruido, por Dios? Que nos oyen los vecinos.</p>
<p>– Madre, no exagere. Si sólo me he reído. ¿O es que ahora ya tampoco se puede uno reír? ¿Eso también es pecado? ¿El cura le ha dicho que no podemos reírnos? ¿O es que es delito? ¿A padre se lo llevaron por reírse? ¿Cree usted que la guardia civil se me va a llevar por reírme?</p>
<p>Madre le miró con la mandíbula apretada y lágrimas en los ojos. Tenía la labor en las manos y la estaba espachurrando tanto que partió una de las agujas de ganchillo. El chasquido resonó en toda la habitación.</p>
<p>– Madre, perdone. No llore, por favor –la abrazó. – No hablaré tan alto, ni me reiré, no tenga cuidado. Pero no llore.</p>
<p>Madre había aprendido a llorar en silencio, sin sollozar. Rodeada por el enorme cuerpo de mi hermano, parecía una frágil y minúscula mujer vestida de negro. Apenas se veía cómo se agitaban algunas veces sus hombros caídos, vencidos. Marcial, de cuando en cuando, le daba besos en la coronilla, en el pañuelo negro que le cubría el pelo.</p>
<p>Un día Marcial me contó que, durante la guerra, madre llevaba el cabello suelto. Que lo tenía azabache, brillante y ondulado y que a padre le encantaba acariciárselo, revolvérselo y ponérselo por delante de la cara, para luego apartárselo y darle un beso en los labios. Y que madre echaba la cabeza hacia atrás, como para zafarse, riendo y riendo a carcajadas y empujando sin entusiasmo y con menos éxito a padre para apartarlo.</p>
<p>El día que le hablé a mi hermano del escote de Laura, madre se apartó de Marcial. Se secó las lágrimas con el borde del delantal y se volvió a sentar al lado de la lumbre. Miró durante un instante la aguja partida, suspiró, la echó a la lumbre y cogió otra del cestillo.</p>
<p>Ese día, en el río, hacía fresco, así que Laura no se había quitado la sobresaya y no había senos que admirar. Tampoco podía tirar piedras al río, así que me dediqué a arrancar algunas hierbas y a chuparles el jugo de la raíz. Estaba dulce y quitaba la sed. Olía a tierra mojada y a la primavera que ya se acercaba. Se oía cantar algún grillo que ya había salido de su descanso invernal.</p>
<p>Laura y María siguieron cuchicheando, pero apenas podía oírlas. Las voces las tapaba el borboteo del río.</p>
<p>No era aún mediodía cuando me llamó mi madre. Llevaba las ropas húmedas en el cesto que apoyaba sobre su cadera. Me acerqué saltando de piedra en piedra. Cogí una de las asas del cesto y subimos hacia casa. Ya en el patio, ayudé a madre a tender la ropa. Las sábanas del médico y del alcalde eran de hilo fino, de un blanco inmaculado y suaves. A ellas les correspondía el mejor lugar en pleno sol, para que los rayos impidieran que amarillearan. Madre lavaba la ropa de algunos de los señoritos del pueblo.</p>
<p>Salvo del cura. Al cura le lavaba la ropa Asunción, una mujer fea y bajita. Un día que se puso mala y no bajó al río, oí a Laura cuchichearle a María:</p>
<p>– Hoy, la cotilla no ha venido. Podemos hablar tranquilas, que el cura no se enterará.</p>
<p>– No te fíes, tonta, que cualquiera de ésas, por ganarse su favor, pueden irle con el cuento igual.</p>
<p>Madre entró en casa, echó un par de troncos a la lumbre y puso la olla sobre las trébedes. Pronto todo se llenó del olor a nabo y a col hervida que yo tanto aborrecía. Marcial me dijo que antes de la guerra comían cerdo y alguna vez hasta ternera. Pero nosotros teníamos suerte el día que había un trozo de tocino para echarle al puchero.</p>
<p>Madre había planchado unas camisas de Julián, el hijo del médico que se iba a la capital a estudiar, así que me mandó a llevárselas. Fui, como siempre, por la puerta de atrás, pero hoy la señora Rosa, la mujer del médico, estaba en la cocina.</p>
<p>– Toma, hijo, dale esto a tu madre –me entregó algo envuelto en un paño.– Y dile que venga a verme cuando pueda, que tengo una labor para ella y se la quiero explicar, que es delicada.</p>
<p>– Descuide, señora Rosa, yo se lo diré de su parte.</p>
<p>– Es que se casa mi Juana y tengo que empezar a preparar el ajuar. Todo el pueblo sabe que no hay manos más hábiles que las de tu madre.</p>
<p>– Gracias, señora Rosa.</p>
<p>– Hay que ver lo bien educado que estás. Y eso que tu padre no está. Aunque, claro, siendo como era, quizá sería peor el remedio que la enfermedad.</p>
<p>Me ardía la cara, que mantenía gacha, mirando la gorra que sostenía.</p>
<p>– Gracias, señora Rosa.</p>
<p>– Ale, arrea, que es tarde y tu madre te estaré esperando.</p>
<p>– Adiós, señora Rosa.</p>
<p>Al salir por la puerta, abrí el paño. Dentro había un pedazo grande de tocino salado. El olor a grasa con un fondo agrio me golpeó la nariz. Apoyé la punta de la lengua y noté cómo la sal se iba deshaciendo hasta que toqué la carne. Era intenso, untuoso. Rico y pesado.</p>
<p>Con el regusto aún en la lengua, corrí hasta casa. Madre estaba junto a la lumbre, sentada en una silla baja. Removía el guiso con el cucharón.</p>
<p>Le entregué el paquete que me había dado la señora Rosa. Al verlo, se le iluminó la cara. Se levantó, cortó un cuadradito pequeño sobre la mesa de la cocina y se lo echó al guiso. Siguió removiendo y sacó un poco con el cucharón de madera. Sopló hasta que dejó casi de humear y me lo dio a probar. A los sabores familiares de la col y del nabo se mezclaban con el más intenso y untuoso del tocino. Me relamí.</p>
<p>– ¡Qué rico está, madre!</p>
<p>– Ya lo sé, hijo, ya lo sé. A ver si nos dura hasta el invierno.</p>
<p>Me senté junto a ella. Marcial me contó que, cuando él era pequeño, madre solía estar siempre cantando. Tenía una voz bonita y sabía muchas canciones alegres. Desde que se llevaron a padre, no ha vuelto a cantar, pero a veces si estaba muy contenta, no se daba cuenta y tarareaba.</p>
<p>Hoy, junto a la lumbre, se mecía suavemente de un lado a otro y tarareaba algo muy muy bajito. Me miró y por primera vez desde hacía mucho tiempo, me sonrió y me acarició la cara con la mano rugosa.</p>
<p>– Madre, ¿sabe usted qué estaban diciendo las mozas en el río?</p>
<p>– Juan, te tengo dicho que no escuches las habladurías.</p>
<p>– Lo sé, madre, pero ¿sabe usted que ayer el Antonio le dio un beso a Laura, la de Adolfo?</p>
<p>Mi madre dejó de remover el puchero y me arreó una bofetada. Confuso y ofendido, me llevé la mano a la cara. Me ardía la mejilla, como si me estuvieran clavando un millón de agujitas.</p>
<p>Con un dedo autoritario, me mandó al patio. Salí con la cabeza gacha, la mano aún en la mejilla y arrastrando los pies. Me senté en el patio, al sol, junto a las sábanas del médico. Tentado estuve de tirarles tierra o de ensuciarlas, pero ni siquiera cuando estoy enfadado soy capaz de estropear el trabajo de mi madre, que tiene las manos comidas del jabón de sosa y de las agujas de coser.</p>
<p>Vi a madre salir de casa, envuelta en su toquilla negra y con los hombros altos y tensos y la espalda encorvada. Desde atrás, parecía una anciana. Volvió al poco rato y me dio el puchero pequeño para que se lo acercara a Marcial al campo. Tenía los labios apretados y, aunque no me miró ni una sola vez, vi que tenía los ojos enrojecidos.</p>
<p>Al día siguiente, era domingo. Como siempre, madre me obligó a lavarme bien en un barreño viejo y descascarillado. Madre y yo siempre íbamos a misa de doce. A esas horas sólo iban mujeres y niños. Los hombres estaban en el campo e iban a misa de a ocho, al regresar.</p>
<p>El sermón del cura, un día más, iba sobre el pecado y la tentación. Y sobre las mujeres. Sobre todo.</p>
<p>– Vosotras sois la fuente del pecado. Sed prudentes, discretas y honradas. Rezad mucho y no enseñéis muñecas, tobillos ni escotes, pues vuestra carne tienta al hombre y vuestra será la culpa y la vergüenza si caen en la tentación.</p>
<p>Mientras el cura hablaba de pecado, de culpa y de carne, a mi mente volvía ese escote de Laura. El inicio de los pechos apenas adivinados. Cómo se movían al frotar y cómo subían y bajaban al ritmo de su respiración.</p>
<p>Regresamos a casa. Estuve ayudando a madre a plegar con cuidado las sábanas y demás ropas del médico y del alcalde. Madre estaba a punto de empezar a preparar el puchero, cuando oímos unos gritos que venían de la calle.</p>
<p>Salimos a toda prisa. El cura y el alcalde llevaban a rastras a Laura. Le habían quitado el pañuelo de la cabeza y el pelo le caía por la espalda. Aparecieron el Julián y dos o tres señoritos más. Sujetaron a Laura, echándole la cabeza hacia detrás y la obligaron a beber algo de una botellita que trajo el boticario. Como cerraba la boca, le taparon la nariz y cuando abría para respirar, le echaban el líquido dentro. Ella escupía, pataleaba y casi se atragantó más de una vez, hasta que el cura, que era un hombre grande y gordo, le cruzó la cara con el revés de la mano.</p>
<p>Laura se quedó totalmente quieta. El pómulo derecho se le iba enrojeciendo y le caían lágrimas por las mejillas. Los mozos volvieron a echarle el líquido a la boca y, esta vez sí, bebió. Cuando le daban arcadas, los mozos paraban hasta que se le pasaban y entonces seguían, hasta que terminó todo el contenido de la botellita.</p>
<p>Apareció entonces el barbero, con la navaja de afeitar a los hombres en la mano. Laura empezó a murmurar algo bajito, mientras se mecía adelante y atrás sobre las rodillas.</p>
<p>– ¿Qué dices, puta? –la voz del cura retumbó en toda la plaza.</p>
<p>– El pelo, no, por favor, el pelo no. Por favor, no, el pelo no. Por favor, no. El pelo, no.</p>
<p>– Las putas no necesitáis el pelo largo.</p>
<p>Empezó a coger mechones de su pelo, de su precioso pelo negro y brillante, y a cortarlos con el filo de la navaja. Laura seguía meciéndose y murmurando y siguió allí, de rodillas, una vez que hubieron terminado, hasta que dos vecinas fueron a recogerla.</p>
<p>Tenía el pelo a trasquilones, con algunos trozos casi calvos y enrojecidos del roce de la navaja. Caminaba como dormida, con los ojos fijos en no se sabe dónde y arrastrando los pies.</p>
<p>Madre y yo entramos en casa. Se sentó junto a la lumbre y echó un madero.</p>
<p>– Madre, usted…</p>
<p>Alzó la vista. En silencio fue al arcón que había en su cuarto. Sacó de él un pañuelo. Lo puso encima de la mesa y lo abrió. Dentro había mechones y mechones de un cabello negro, ondulado, aún brillante. Lo acarició con la yema del dedo. Me miró y corrí a abrazarla.</p>
<p>– Tengo que proteger a Marcial, Juan ¿Lo entiendes? ¿Lo entiendes?</p>
<p>– Calle, madre, no la oigan los vecinos. La entiendo, claro que sí.</p>
<p>Madre apoyaba su cabeza en mi coronilla y, al poco rato, noté cómo sus lágrimas me mojaban la cara. La abracé aún más fuerte, con los ojos cerrados y apretados.</p>
<p>La entendía y, al mismo tiempo, me daba miedo. Lo había hecho por mí, por nosotros. Pero Laura… Laura.</p>
<p>Y yo. La culpa quizá era mía. Yo se lo había contado. Había sido yo. Me toqué la mejilla que me había abofeteado. Mi madre tenía miedo. Miedo por nosotros, por ella, por Marcial, por mí. Por eso lo había hecho. Para protegernos. Para no dejarnos solos. Pero Laura, la pobre Laura.</p>
<p>Alcé la cabeza y le di un beso en la mejilla húmeda.</p>
<p>Se apartó. Con la palma de la mano, se echó hacia atrás el pañuelo negro. Tenía el pelo completamente blanco, peinado en un moño apretado y bajo. Acarició de nuevo su pelo de juventud y de alegría, plegó el pañuelo y volvió a guardarlo en el arcón. Cerró la puerta. El golpe seco retumbó en toda la casa. Se apoyó unos instantes, dejando caer todo su peso sobre el arcón. Suspiró, se recolocó el pañuelo y fue a sentarse junto a la lumbre. Echó un trozo de tocino al puchero. Lo removió.</p>
<p>Me miró un instante, me cogió la mano y me la apretó, intentando sonreír. Sus ojos estaban más tristes que nunca.</p>
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		<title>El sillón verde</title>
		<link>http://nemurineko.wordpress.com/2011/07/17/el-sillon-verde/</link>
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		<pubDate>Sun, 17 Jul 2011 18:11:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nemuri Neko</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relato]]></category>

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		<description><![CDATA[El sillón lleva en casa de toda la vida. Estuvo mucho tiempo en el comedor, con su gemelo. Mamá solía cubrirlos con unas sábanas descoloridas, que quitaba cuando venían las visitas. Son de un verde desvaído, con flores rosas y naranjas, pero no de colores fuertes ni brillantes. Es uno de esos sillones antiguos, que [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=nemurineko.wordpress.com&amp;blog=8968021&amp;post=140&amp;subd=nemurineko&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El sillón lleva en casa de toda la vida. Estuvo mucho tiempo en el comedor, con su gemelo. Mamá solía cubrirlos con unas sábanas descoloridas, que quitaba cuando venían las visitas. Son de un verde desvaído, con flores rosas y naranjas, pero no de colores fuertes ni brillantes. Es uno de esos sillones antiguos, que son medio mecedoras. El respaldo es alto y tiene brazos redondos y acolchados.</p>
<p>Una de las fotos que más recuerdo de cuando era pequeña es en ese sillón. Llevo puesto un vestido de lana marrón, que seguro que picaba, con una casita bordada en el frontal. Casi no me llegan las piernas al borde del sillón y se ve la suela de los zapatos negros de hebilla y un trozo de los calcetines blancos de ganchillo que me ponía mamá y que, al quitármelos, me dejaban la pierna cubierta de bultitos con el dibujo del ganchillo. Solía entretenerme en recorrer con los dedos los caminos que había dejado el tejido.</p>
<p>¡Cuántos ratos habré pasado en ese sillón! Los sábados por la mañana, cuando mamá se iba al mercado a comprar el pescado para la sopa de pan de mediodía, papá y yo nos sentábamos cada uno en un sillón. Él leía el periódico y yo algún libro. Podía interrumpirle cuarenta veces: “Papá, ¿qué significa alféizar?”, “Papá, ¿es verdad que, cuando Julio Verne escribía, no existían los submarinos?”, “Papá, el Quijote es de La Mancha, como mamá, ¿verdad?”.</p>
<p>Papá me respondía con paciencia y dándome explicaciones sesudas y largas, que a veces entendía y a veces no, pero eso era lo de menos.</p>
<p>Ahora recuerdo que, sobre los brazos, hubo una época que el sillón tenía unos tapetes de ganchillo, que yo siempre conseguía tirar el suelo, torcer o arrugar, con la consiguiente regañina de mamá. En el respaldo también había un tapete, que a veces se te caía de golpe en la cabeza. Todos los había hecho mamá, con su aguja de gancho y su hilo blanco. Nunca me enseñó a tejer. Y creo que me habría gustado.</p>
<p>Cuando acristalamos la terraza, los sillones pasaron al rincón que siempre será el de mamá. Los dos butacones verdes y delante de ellos la mesa camilla, que tenía dos cubres, uno de verano con una tela igual que la de los sillones y otra anaranjada con pelo. Tapando los manteles, otro tapete más de ganchillo, también tejido por mamá.</p>
<p>Últimamente, mamá se sentaba siempre en el sillón de la derecha. La recuerdo allí, con su bata rosa de pelo. Cuando yo llegaba, mamá apagaba la tele, se quitaba las gafas y me decía “¡Qué cansada estoy hoy!”.</p>
<p>Hace dos meses que nadie se sienta en el sillón de mamá, en el de la derecha. La última vez que la vi estabas allí, con la bata rosa.</p>
<p>-       Mamá, hace mucho calor ya para esa bata.</p>
<p>-       Tienes razón, hija, a ver si la retiro ya, que sí que da calor.</p>
<p>Es su sillón, el sillón verde de mamá. Lo sigue tapando una sábana azul descolorida y los tapetes desaparecieron hace tiempo. En algún cajón estarán.</p>
<p>Ahora el sillón está vacío. Nadie se sienta en él. No sé si seremos capaz de sentarnos alguna vez. Yo, desde luego, no.</p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/nemurineko.wordpress.com/140/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/nemurineko.wordpress.com/140/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/nemurineko.wordpress.com/140/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/nemurineko.wordpress.com/140/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/nemurineko.wordpress.com/140/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/nemurineko.wordpress.com/140/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/nemurineko.wordpress.com/140/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/nemurineko.wordpress.com/140/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/nemurineko.wordpress.com/140/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/nemurineko.wordpress.com/140/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/nemurineko.wordpress.com/140/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/nemurineko.wordpress.com/140/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/nemurineko.wordpress.com/140/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/nemurineko.wordpress.com/140/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=nemurineko.wordpress.com&amp;blog=8968021&amp;post=140&amp;subd=nemurineko&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>No tengo ni idea de quién eres</title>
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		<pubDate>Wed, 13 Jul 2011 08:18:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nemuri Neko</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Julia depositó con cuidado la tacita de café blanca con flores verdes en el plato, sin hacer apenas ruido. Los toldos bajados estaban para que el sol no diera de pleno y evitar así el fuerte calor de la tarde, así que el comedor estaba sumido en una penumbra anaranjada. Alisó con las palmas de [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=nemurineko.wordpress.com&amp;blog=8968021&amp;post=101&amp;subd=nemurineko&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Julia depositó con cuidado la tacita de café blanca con flores verdes en el plato, sin hacer apenas ruido. Los toldos bajados estaban para que el sol no diera de pleno y evitar así el fuerte calor de la tarde, así que el comedor estaba sumido en una penumbra anaranjada.</p>
<p>Alisó con las palmas de las manos su falda azul y se puso de pie con un suspiro.</p>
<p>– Bueno, me voy a recoger a Alba de la guardería y vuelvo enseguida. Ponte la tele, si te apetece.</p>
<p>– Me puedo acercar yo si quiere y así no sale, que hace mucho calor–repuso Javier.</p>
<p>– ¿En serio? Pues la verdad es que me viene de perlas, porque así tiendo la lavadora y recojo un poco la cocina.</p>
<p>Javier se levantó, enrolló la boina negra que llevaba y la enganchó en la trabilla del hombro de su chaqueta de uniforme. Estaba haciendo la mili pero hoy tenía permiso y había ido a casa de los padres de Juana para hacer tiempo hasta que saliera de la facultad. Julia y él habían estado tomando un café y charlando.</p>
<p>– Si vas a bajar, no te entretengas, que la niña sale a y media y son y veinticinco.</p>
<p>– Sí, me voy ya.</p>
<p>– Coge las llaves y así subís directamente, no sea que no oiga el timbre desde la galería.</p>
<p>Ya en el ascensor, Javier no pudo evitar mirarse en el espejo. Se había afeitado esta tarde justo antes de salir del cuartel y se había peinado cuidadosamente. Sabía que a Juana no le hacía gracia verle de uniforme, porque decía que estaba ridículo, pero a él le gustaba el aspecto imponente que le daba, pese a su complexión delgada y a que era más bien bajito. Era vanidoso y Juana no era más que una muestra de ello. Era guapa, con su melena castaña clara casi por la cintura y sus ojos almendrados. Su carácter era otro cantar. Era muy mandona, egoísta y a menudo difícil de tratar. Para él era como un trofeo, alguien de quien presumir delante de sus amistades y de su familia de señoritos almerienses venidos a menos.</p>
<p>Atravesó el descampado con cuidado de no mancharse los zapatos relucientes con el polvo y de no pisar ninguno de los charcos casi secos que aún quedaban fruto de las lluvias de principios de semana. Llegó a la guardería y esperó en la puerta, junto con madres y chachas que le miraban de reojo con curiosidad mal disimulada.</p>
<p>Se abrieron las puertas del aula y empezaron a salir los niños. Casi todos iban despeinados, algunos tenían manchas de color indefinido en los babis blancos con rayas azules.</p>
<p>Alba salió con la coleta deshecha y con mechones del pelo marrón rojizo colgándole por los lados de la cara. En la mano llevaba un cenicero de cerámica pintado de rojo y se había abrochado mal los botones del babi, que le quedaba torcido y arrugado. Cuando la vio acercarse, Javier se acuclilló para estar a su altura.</p>
<p>– Hola, Alba.</p>
<p>La niña ladeó la cabeza y le miró con desconfianza.</p>
<p>– ¿No te acuerdas de mí? Soy Javier, el novio de Juana.</p>
<p>– No sé quién eres.</p>
<p>– ¿Pero cómo no vas a saber quién soy? Si me has visto mil veces y me conoces desde que naciste.</p>
<p>Era cierto. Javier fue una de las primeras personas en coger a Alba en brazos, el mismo día que Julia llegó a casa del hospital. Se había reunido la familia al completo, tíos, primos y hermanos, todos para admirar a la recién nacida. Era una niña tranquilota, pasaba de mano en mano y nunca lloraba. Pero cuando Javier la cogió, rompió en un llanto desconsolado y que no paró hasta que Juana se la quitó de los brazos.</p>
<p>– Si es que no tienes ni idea de niños– le dijo, con su habitual tono despectivo.</p>
<p>Habían pasado cuatro años, pero su relación con Alba no había mejorado.</p>
<p>Su profesora se acercó a ver qué ocurría y el pobre Javier se vio obligado a explicarlo todo: que era el novio de la hermana mayor de Alba, que estaba haciendo la mili, que había venido de permiso a visitar a Juana y que su madre le había pedido que bajara él a buscar a la niña. La profesora le preguntó a Alba que si ya se acordaba, pero ésta, cabezona, negaba y negaba, sin dar su brazo a torcer.</p>
<p>Por fin, para asegurarse, llamaron a Julia, que les aseguró, con cierto apuro y vergüenza, que sí, que había enviado al novio de su hija a por Alba y que sí, que iba vestido de militar.</p>
<p>Cuando todo estuvo claro, Javier y Alba salieron de la guardería y volvieron a atravesar el descampado.</p>
<p>–  ¿De verdad que no te acuerdas de mí?</p>
<p>–  No, Javier, no tengo ni idea de quién eres.</p>
<p>Javier bajó la vista y vio a Alba mirándole fijamente, con la boca cerrada, el ceño fruncido y los ojos entrecerrados. Era lo más parecido a un gesto de odio que podía mostrar una niña de cuatro años.</p>
<p>– Además, ¿cómo te voy a conocer si lloré cuando me cogiste nada más nacer?</p>
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		<title>Ya no te quiero</title>
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		<pubDate>Wed, 13 Jul 2011 08:18:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nemuri Neko</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relato]]></category>

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		<description><![CDATA[Salimos juntos tres años y pico. Fue un amor de universidad, de confidencias y cuchicheos en las clases y de cafés. Nos conocimos cuando un grupo de compañeros decidió ir a tomar algo una tarde que el profesor de Historia Medieval no se presentó a clase. Nos habíamos visto en las aulas y quizá también [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=nemurineko.wordpress.com&amp;blog=8968021&amp;post=99&amp;subd=nemurineko&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Salimos juntos tres años y pico. Fue un amor de universidad, de confidencias y cuchicheos en las clases y de cafés. Nos conocimos cuando un grupo de compañeros decidió ir a tomar algo una tarde que el profesor de Historia Medieval no se presentó a clase.</p>
<p>Nos habíamos visto en las aulas y quizá también en los descansos, aunque yo atravesaba una época extraña. Tenía diecinueve años, estaba en primero de carrera tras mi breve estancia en Madrid y no tenía ganas de conocer a nadie. En las pausas, salía al pasillo, me ponía los auriculares y leía. No era precisamente una invitación a la charla. Me habían obligado a regresar de Madrid y estaba dispuesta a demostrarles a mis padres que no pensaba reintegrarme en la vida de Valencia.</p>
<p>Aquel día nos sentamos al lado en el bar. Luis pidió una Coca-Cola y yo una tónica. Como siempre, arranqué compulsivamente la etiqueta de la botella de tónica, rascando con la uña del dedo índice los restos para que la botella quedara limpia.</p>
<p>Era guapo, rubio con los ojos azules y alto, muy alto. Tenía una sonrisa dulce, aunque sus primeras palabras me sorprendieron:</p>
<p>– ¿Sabes que dicen que eso – señalando los restos de la etiqueta – es síntoma de insatisfacción sexual?</p>
<p>Nos echamos a reír los dos. Luis tenía una risa franca, sonora y amable.</p>
<p>Unos días más tarde, nos besamos por primera vez, mientras yo esperaba a que se hiciera la hora para que mi padre me llevara al psicólogo. Los primeros besos fueron tímidos, sin lengua.</p>
<p>Nuestra relación fue dulce, cercana. Compartíamos muchas cosas: intereses, gustos musicales, risas. Todos los meses nos grabábamos una cinta de audio con nuestras canciones preferidas. Fuimos juntos al cine, leíamos los mismos libros y salíamos juntos por las noches. Nos pasamos muchas horas de clase en una cafetería, compartiendo un donut y alargando el café o la infusión hasta el hartazgo. Siempre cogidos de la mano, siempre buscándonos con los ojos, siempre juntos.</p>
<p>Sin embargo, un día mirándole, me di cuenta que había algo que no encajaba, aunque hasta ese momento no había sabido qué era.</p>
<p>–        Eres gay, ¿no?</p>
<p>–        Sí, pero te quiero.</p>
<p>Ahora con la distancia suena extraño, pero, en aquel momento, tuvo sentido para mí. Para los dos. Yo tenía veinte años y Luis dieciocho. Pensábamos que podíamos con eso y con más, que su sexualidad era una opción y que podíamos seguir juntos. Y nos queríamos. Nos queríamos mucho.</p>
<p>Nos dejamos una mañana de finales de agosto, dos años más tarde y pocas semanas antes de irnos de Erasmus a Italia, cada uno a una ciudad diferente, porque no había plaza en la misma universidad. Esa noche salimos a cenar, a modo de despedida.</p>
<p>Yo tenía los ojos rojos de haberme pasado llorando toda la tarde. Pero quería estar contenta, alegre. Quería ser esa persona divertida, extrovertida y simpática que todo el mundo decía que era. No sé si para que Luis me recordara así o para que pensara en lo que se perdía por dejarlo conmigo. Y eso pese a que fue de mutuo acuerdo, porque aquello no podía seguir y los dos lo sabíamos.</p>
<p>Ya de vuelta a casa, caminábamos por el borde el antiguo cauce del Río Turia, cogidos de la mano. La costumbre aún pesaba.</p>
<p>–        Dame un beso.</p>
<p>–        Bea, sabes que es mejor que no.</p>
<p>–        De despedida, joder.</p>
<p>–        No.</p>
<p>Sabía que, si no hacía algo, volvería a llorar. Y, aunque me había visto llorar mil veces, esta vez no quería. Ya no.</p>
<p>Apoyé los nudillos de la mano izquierda en el muro que marcaba el borde del cauce. Era una pared medieval, irregular y rocosa. Y seguimos caminando. Al principio, era apenas un roce, casi una caricia. El dolor llegó cuando se rompió la piel. Fue un aguijonazo y quizá di un respingo porque Luis me miró. Yo seguía con la vista al frente con la mandíbula apretada, como si nada, porque quería que el dolor fuera mío, porque me hacía sentir viva y me hacía olvidar de que algo se me había roto por dentro cuando decidimos –¿decidió? ¿decidí? – que no podíamos seguir juntos.</p>
<p>Era un dolor pequeño, tenue, real y que yo podía controlar. Si quitaba la mano, apenas notaba leves punzadas. Si volvía a apoyarla, la tortura sutil regresaba, implacable.</p>
<p>Cuando llegamos a la puerta de mi casa, paramos unos segundos a despedirnos y yo escondí la mano detrás de la espalda porque no quería que lo viera. Era mío. Mi daño, mi dolor, mi sufrimiento.</p>
<p>Nos dimos un abrazo en el que quizá intentamos volcar todo lo que sentíamos: la pena, el desamparo, pero también el alivio de haber terminado con algo que sabíamos muerto desde hacía meses.</p>
<p>Ya en el ascensor, me miré la mano. En los nudillos había restos de tierra y la piel blanca y tierna formaba una especie de cráter en torno a las heridas, sobre todo en el dedo corazón.</p>
<p>Han pasado casi dos meses y medio. Vinimos a Italia hace unas seis semanas y no hemos quedado hasta hoy. Me acabo de bajar del tren en la estación de Santa Lucia en Venecia. Tengo los hombros rígidos y echados hacia delante, en tensión. Culebreo entre la gente, esquivando a los turistas. Al salir, me topo con las escaleras y ahí está él, buscándome.</p>
<p>Nos abrazamos y todo vuelve a ser como siempre, como antes. Tras unos minutos, nos apartamos y nos miramos sonrientes. Le he echado de menos. Es mi mejor amigo y le he echado mucho de menos.</p>
<p>–        Bueno, guapa, ¿cómo estás?</p>
<p>–        Muy bien. ¿Y tú?</p>
<p>–        De maravilla. ¿Te cuento una cosa?</p>
<p>–        ¿Sabes qué? – le interrumpo.</p>
<p>–        Dime.</p>
<p>–        Ya no te quiero.</p>
<p>Y le sonrío, mientras acaricio los nudillos de mi mano izquierda. Me mira con estupor, con sorpresa y con pena, incluso con enfado, pero sólo dura un instante. Me coge la mano y la besa con cariño. Bajamos las escaleras. Rodea mis hombros con el brazo y yo le cojo de la cintura, enganchando el dedo pulgar en las trabillas de su pantalón vaquero. Nos miramos y sonreímos, al fin amigos, de nuevo cómplices.</p>
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		<title>Un pato en mi coche</title>
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		<pubDate>Wed, 13 Jul 2011 08:17:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nemuri Neko</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relato]]></category>

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		<description><![CDATA[– Para, mamá, para. Rosa no recordaba a Jaime decir nunca nada con tanto convencimiento como esas tres palabras, así que frenó el coche. Por el retrovisor, vio que había levantado una nube de tierra grisácea y oyó el golpeteo de las piedrecitas contra los bajos. Estaban en el camino sin asfaltar que llevaba de [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=nemurineko.wordpress.com&amp;blog=8968021&amp;post=97&amp;subd=nemurineko&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>– Para, mamá, para.</p>
<p>Rosa no recordaba a Jaime decir nunca nada con tanto convencimiento como esas tres palabras, así que frenó el coche. Por el retrovisor, vio que había levantado una nube de tierra grisácea y oyó el golpeteo de las piedrecitas contra los bajos. Estaban en el camino sin asfaltar que llevaba de la carretera a la casa de campo. Por allí casi nunca circulaba ningún vehículo y menos a esas horas.</p>
<p>La puesta de sol teñía de violentos granates las aguas del pequeño lago a su derecha. Y justo en esa dirección señalaba Jaime, con el dedo índice estirado y tenso.</p>
<p>– Mira, mamá. Mira.</p>
<p>Sonaba autoritario, exigente, con una voz que mostraba una seguridad que no había tenido en sus cinco años de vida. Rosa miraba a Jaime por encima del hombro derecho, sin reconocerle, aunque ese niño firme y decidido se parecía mucho a su hijo. El mismo pelo castaño alborotado, las mismas pestañas largas y negras. Tenía el ceño fruncido y la boca cerrada en un gesto obstinado. Podría parecer infantil, pero había una determinación en su mirada y en su dedo estirado que le alejaban de su niño.</p>
<p>– ¿Lo ves o no?</p>
<p>Rosa no había sido capaz de mirar el lugar que señalaba su hijo, demasiado ocupada en intentar reconocer a ese extraño sentado en el asiento trasero de su coche.</p>
<p>– Mamá, ¡que si lo ves!</p>
<p>Miró por la ventanilla del copiloto. Junto al lago, casi en el agua, había un patito. Aún era un polluelo, cubierto todavía de plumón amarillo y marrón. Estaba sentado y miraba hacia el lago con la cabeza algo inclinada, como esperando algo.</p>
<p>– Anda, un patito.</p>
<p>– Sí, está solo, ¿sabes?</p>
<p>– Bueno, estará esperando a su mamá.</p>
<p>– No, mamá, no. Se ha perdido.</p>
<p>La misma determinación de antes se transmitía ahora en su voz. No cabía duda: el patito se había perdido.</p>
<p>– De acuerdo. Nos lo llevamos.</p>
<p>Un niño de cinco años normal, Jaime mismo hacía apenas unas horas, habría gritado, aplaudido y se habría puesto muy nervioso. Pero este niño, este nuevo Jaime, sólo dijo:</p>
<p>– Vale. Cógelo y yo lo sujeto hasta llegar a casa.</p>
<p>Rosa bajó, convencida de que el patito huiría al verla, pero no fue así. Al oír la puerta del coche, giró la cabeza y la miró fijamente. No apartó la vista ni se movió mientras daba la vuelta al coche. Ni cuando se acercó, con pasos cortos y lentos para no sobresaltarlo. Ni cuando se agachó a su lado. Ni siquiera cuando lo cogió con las dos manos formando un cuenco.</p>
<p>Abrió la puerta de Jaime y le colocó con suavidad al patito sobre las manos gordezuelas. Su hijo puso al pato con cuidado en su regazo y le acarició la cabeza con el dedo índice, siguiendo la raya marrón oscura. El patito se hizo una bolita, apoyó la cabeza en su lomo y se quedó dormido antes incluso de que Rosa volviera a su asiento.</p>
<p>– ¿Ya has pensado cómo lo vas a llamar?</p>
<p>– Es chica y se va a llamar Leonor.</p>
<p>Al oír su nombre, Leonor abrió los ojos, se atusó las plumas con su pequeño pico amarillo y dio unos pequeños picotazos a Jaime. Después, volvió a enroscarse y se durmió plácidamente.</p>
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